miércoles, 18 de enero de 2012

ERRORES IRREFUTABLES

ERRORES IRREFUTABLES

CARLOS CASTILLO RAFAEL


Por estos días la muerte dejó de ser un desenlace atemorizante, convirtiéndose en una opción ambicionada. El trance fúnebre se libró de la tiranía de las Parcas para doblegarse a los vaivenes de la pasión y a la osadía de la razón. Los múltiples suicidios, que la prensa sensacionalista hizo escarnio entre nosotros, insinúan ritos expiatorios de una elección lúcida y codiciosa. No actos fallidos forjados por lúgubres desvaríos. Varios conciudadanos, de forma brusca, reconquistaron la muerte, la cotidianidad de su acontecer. Quizá ante la sospecha de que la vida es ingobernable o que el poder para gobernarla les fue arrebatado.

Si en verdad morir es sólo un tránsito, la atención debiera recaer no hacia dónde se va, como tampoco qué se abandona. Ese tránsito, los actos preparatorios que conjuran la propia muerte, es todo lo que cuenta. Porque se trata de una gesta extraña, dolorosa pero no menos digna de quienes, consecuentes con su suerte perecedera, no la rehuyeron ni guardaron su entrada de súbito. Unánimemente la eligieron.

Elección de la que se debe valorar al sujeto comprometido con ella. Y es que en ese sólo acto postrero y sin ambages, urgido por el rasgo controversial de lo elegido, el suicida reclama decididamente un derecho que le fue mezquinado. A veces, toda una historia personal, vergonzante y anodina, se purga con un único esfuerzo que resume lo mejor de uno: Abrazarse intensamente a la vida y conducirla resuelta hasta su fin. Defensa airada del derecho a morir a cambio de los innumerables derechos a vivir escamoteados.

Por otro lado, agenciar la muerte es una cruel interpelación a la insulsa vida de quienes se intimidan no por el suicidio, si no por esas insólitas ganas de morir. Ganas ubérrimas, de las que a menudo están faltos hasta los mismos sobrevivientes, en cuyos semblantes se reconocen las heridas del desgano y la apatía. Pocos son los que se enfrentan, en un ajuste de cuentas, a esa agonía diaria de la que todos saben bastante, excepto como redimirla. Acaso quien apura su muerte sólo es culpable de ser más honesto que los que lo lloran.

Goethe decía que la muerte es un artificio para poseer más vida. No es la pena ni el infortunio lo que mueve a un ser humano a coquetear con la devastación absoluta. No es por detestar la vida, más bien por amarla con frenesí, que el suicida no tolera el dolor apenas mitigado por la muerte. Siempre sucede que la vida luce más deseable en los momentos en que la posibilidad de perderla es muy grande. Recuérdese si no la lucha esforzada cuando se está enfermo, acechado por el enemigo o molido por los problemas. Lo trágico del suicidio es descubrir el tono de vida en el espejo opaco y raído de la muerte.

La muerte elegida asemeja una boya en medio de un mar asaltado por tormentas y revueltas. Cuando no reducido y aquietado en la cuenca vacía de la existencia. Quien corre tras el ocaso de su vida lo hace apelando a todas las fuerzas que se liberaron con el primer llanto al nacer. Porque a la muerte se la quiere con toda la vida o no se la quiere. De ahí la convicción casi sonambulesca, la frialdad paralizante y la serenidad conmovedora de los que con diligencia se preparan a morir.

No hay pues cobardía en el suicida. Acaso una debilidad fascinante por hacerse de la vida de cualquier modo. El que se ciñe a la muerte lo hace alentado por una voluntad de vivir que los contratiempos agobian, o casi siempre sepultan. De un tiro el suicida renuncia a esos contratiempos, mas no a lo que subyace, esa voluntad de vida. Visto así, el suicidio es un mal entendido entre la pasión por vivir y su padecimiento. Es un error irrefutable.




jueves, 12 de enero de 2012

EL LIBRO, LA ESCRITURA Y EL OLVIDO

TÍTULO: EL LIBRO, LA ESCRITURA Y EL OLVIDO

AUTOR: CARLOS CASTILLO RAFAEL

La lectura de cualquier libro nos da que pensar, es un peregrinaje hacia el fondo más recóndito de lo que somos, tras la pista de las páginas que se abren, a plena luz del día, consumado nuestra vida. Es una vieja metáfora referirse al ser humano como un libro que desdobla sus páginas, unas tras otras, con el transcurrir del tiempo.

Antes de iniciar su poema, uno de los más extensos, titulado “El Libro”, Ruben Darío transcribe la siguiente cita: “Dios creo al hombre a su imagen y semejanza; y para que así fuera, lo hizo creador como El. La creación del hombre es el libro; el libro está hecho a imagen y semejanza del hombre; el libro tiene vida; el libro es un ser”.

Feliz o desgraciadamente, la insatisfacción del ser humano no tiene término. Específicamente, su sed inquebrantable de saber no conoce frontera. A propósito resulta esclarecedor la anécdota que Jorge Basadre cuenta en sus “Recuerdos de un Bibliotecario Peruano”. Su primer recuerdo de la Biblioteca Nacional data de 1914 a 1915, cuando fue a leer ahí, ávido de aprender de los libros. Sin embargo, fue rechazado “por no tener la edad mínima necesaria para ostentar ese privilegio”. Muchos años después, cuando llega a ser Director de la Biblioteca Nacional, establecerá, en 1947, un departamento para niños en la Biblioteca. La pasión por la lectura tiene en esta historia su mejor ejemplo.

De entre las cosas humanas el libro es el mismo en esencia, siempre que conserve integra su forma original. No esconde, ni mezquina, las verdades que contiene. No es más propicia o menos favorable para un lector u otro. No cambia con el paso del tiempo, ni las horas intempestivas. Se entrega a todos con la humildad de alguien que no se vale de sí mismo, que requiere del lector para que su existencia tenga sentido. No se queja ni exige. No demora en presentarnos su verdad y es, mas bien, generoso por soportar nuestra indiferencia, nuestro poco cuidado y, a veces, nuestra sin razón.

LOS AMORES DEL LIBRO
Para cultivar los amores del libro no se requiere del uso especial de algún sentido. Basta el oído y el roce de unos dedos. La vista también. Pero hasta el ciego puede beneficiarse con su tesoro. El libro se va muriendo al final de cada lectura para volver a renacer a los ojos de otro lector. Es una forma de vivir consumándose. Algo así como sucede con una vela, que para alumbrarse a sí misma, su agónica duración, se consume en su propia cera que hace posible la luz.

La enfermedad del libro es la intolerancia de los lectores que la vuelven un objeto de decoración. Otra enfermedad crónica es un lector desaprensivo, que no sintoniza con la pasión del texto escrito. Que le da la espalda al saber atesorado en el libro y sólo celebra el encuadernamiento, su valor instrumental o decorativo. En el mundo del consumo y la lógica comercial, el libro es otra de las tantas mercancías. Su valor económico disiente de su valor real, Acaso por ello tal vez, en la actualidad, “es más fácil quedarse con un libro que con su contenido”.

Abraham Valdelomar bajo el título “Con la argelina al viento” recopiló varios artículos aparecidos en El Diario. Uno titulado “La Biblioteca de la Escuela” dice así: Los libros son los emisarios de todos los tiempos y de todas las razas. La biblioteca es un congreso mudo de condenados ilustres, en el que se pintan los autores para siempre. En esta composición Valdelomar describe la biblioteca de su escuela como un santuario militar, donde casi todos los libros son guerreros y donde triunfa como, en Lepanto don Miguel de Cervantes.

“Emisario de todos los tiempos y de todas las razas” no hay mejor descripción para el libro. Voltaire decía que todo el mundo civilizado se gobierna por unos cuantos libros: La Biblia, el Corán, los Vedas, las Obras de Confucio y Zoroastro, y otros relativos a la medicina y al derecho. Por su parte, Manuel Gonzales Prada en sus Nuevas Páginas Libres cita a Goethe “para saber algo es preciso saberlo todo”. Pero ¿Saberlo todo es leerlo todo?.

El propio Gonzales Prada, a pesar de su espíritu vanguardista, tenía sus reservas. Ante la cuestión de si todos los autores y todos los pueblos encierran algo memorable en los escritos conservados para la historia, el orador brillante del Politeama replica: “Todos estos pueblos locuaces, pueblos en que la imbecilidad verbosa sirve de síntoma característico, deben aprender de la naturaleza que mueve mundos y transforma continentes haciendo menos ruido que un orador de parlamento sudamericano”.

Siempre habrá que juzgar como una vanidad reprochable lo que Alejandro de Macedonia y Ahmed-ben-Alí-Cumi, hicieron. Construir, respectivamente, una preciosa caja para guardar la Iliada, y, el Mihrab de Córdoba, para guardar como en su estuche el Alcorán, que había pertenecido al califa Omar. Lo más valioso es lo que el libro nos deja, su mensaje. Alorcán quiere decir La Lectura. Aquella que ni la mejor mezquita podrá asimilar y conservar sino es en la mente y el corazón de aquel que realiza su significado, quien la lee.

Plineo el joven nos dejó una sentencia aún comentada: No hay libro tan malo que no tenga algo que enseñarnos. Pero ¿Cuál es ese libro, no el menos malo, sino el mejor?. Valdelomar, pensaba que a veces uno tiene la sensación que el libro que lee, en realidad, lo lee a uno mismo. ¿Cuál libro es ese que tiene el poder de producir en cualquier mortal tal sensación de reflejarse en sus páginas?. Ante esta incógnita no nos queda otra cosa que volver al verso de Dario: “El Libro esta hecho a imagen y semejanza del hombre”.

LA ESCRITURA Y EL OLVIDO

La escritura es un fallido intento de eternizar por medio de las letras lo que de otra manera caería preso del olvido. Como una revuelta contra el más cruel de los vástagos del tiempo, el hombre cree haber encontrado en las letras un antídoto contra el olvido. Pero se engaña en su inocente gesta, pues las palabras escritas son un simple recordatorio de aquellas cosas sobre las que versa la escritura. El lenguaje escrito, por si mismo, es mudo testigo de una idea que le dio vida y que yace sepultado bajo la tinta, amortajada por el papel.

Para que retorne el alma de lo escrito a la presencia del lector requiere que éste la invoque. Que desde fuera de la escritura la haga inteligible, haciendo hablar a las palabras, forzándolas a dar razón de sí mismas. La escritura es como el cuerpo inerte que sólo por un tiempo conserva aquello que alienta a la Phone. Mientras la conserva tiene vida. Las palabras dicen algo y no son silenciosas esfinges que condenan a los mortales con su misterio, como lo hacen los jeroglíficos que adornan las paredes interiores de las pirámides.

El lector es una especie de hierofante que exorciza las letras. Que hurga en la escritura el conocimiento indeleble que le prodigó su autor. El libro deviene en sarcófago donde el dios del saber espera ser revelado, compartido y asimilado. Para el lector el conocimiento, que sopla entre las páginas de cualquier escrito, es su bien mayor, su musa liberadora. El ángel que lo guarda del oscarantismo, la barbarie y ese poder malsano llamado ignorancia. Aunque lo deseable sería no entregar a ese dios, epígono de Prometeo (el inventor de la escritura), al desierto de las páginas donde, paradójicamente, casi siempre termina olvidado.

Más bien habría que colocarlo en un santuario más digno. Donde ya no sea un simple fetiche ni un objeto de culto, sino un dios vivo. Que ofrece su mensaje ininterrumpidamente. Y ese lugar sagrado no puede ser otro que el alma de  quien tiene disposición de aprender. Sólo así la lectura se convierte en un peregrinaje hacia el fondo más recóndito de lo que somos, tras la pista de las páginas que se abren, a plena luz del día, recapitulando y quitándole levedad a nuestra vida.

Conócete a ti mismo”, tal era el exordio que hacia Sócrates a los atenienses. Mandato que los griegos conocían como uno de los viejos preceptos inscritos en las paredes del templo de Apolo, dios del conocimiento, en Defos. Los griegos rememoraban ese mandato con una mezcla de fiesta del pensamiento y misterios eleusinos.

Sin embargo, ya en los tiempos de Sócrates el conocimiento de sí mismo fue  desdeñado. Ya no se conmemoraba la verdad de dios ausente, pues importaba más los dioses de mármol, aquellos que sólo viven en la presente de algunos monumentos que empiezan a tomar el olor a reliquia. Por ello, a pesar que una de sus islas, Delos, significa: la “manifiesto, lo que emite luz” los griegos coetáneos de Sócrates serán arrastrados por el lenguaje convincente, la retórica vana, adicta al poder, proclive a las sombras del error.

Imperdonable debilidad, sellado con la muerte de aquel que nunca escribió nada, porque aseguraba no tener nada digno que comunicar. Y es que como lo dijera Nietzche: “Uno ya no ama su conocimiento tan pronto como lo ha comunicado”.

Únicamente en diálogo consigo mismo, en posesión de la idea (eidos) que aflora y se esconde como una raíz bajo las páginas de todo escrito, cada cual aprende más de sí mismo. Encuentra la misma ciencia, que se asienta en el pasado, en la memoria de los pueblos como un discurso que va circulando de boca en boca, y que oídas se aprende.

Se trata de un conocimiento inicial, previo a toda letra, a todo escrito. Cuya verdad, velaba en el pasado, donde encuentra su sentido y justificación, es inteligible para el oído adiestrado del aprendiz, quien recibe la revelación de boca del maestro, el más antiguo del clan. El “sabe la verdad” porque la oyó de labios de otro que fue testigo de ella in illo tempore. La historia no es más que una apropiación de la memoria, un repaso de remembranzas.

Consciente de la inevitabilidad del olvido, de la precariedad de la memoria, el ser humano inventó las letras en un esfuerzo desmesurado por escapar a la fugacidad del tiempo. Temió sucumbir por el paso de los años, en el ostracismo para el que la historia no tiene memoria. La escritura es un baluarte de la memoria, pero delata que el hombre perdió la confianza en el tiempo. Ya no lo ve encaminado como un eterno regreso al inicio de los tiempos. Lo presiente, más bien, desbocado. Como un alejamiento irreversible que acabará por doblegar la memoria del pasado bajo la tiranía del instante. De la agonizante temporalidad.

miércoles, 9 de noviembre de 2011

FILOSOFIA Y CIENCIA: UNA AMBIGUA RELACIÓN

FILOSOFIA Y CIENCIA: UNA AMBIGUA RELACIÓN


El origen de la ciencia se remonta al hallazgo del método científico, aquella garantía procedimental para el investigador de acceder a conocimientos universales y necesarios. Pero ese hallazgo supuso también la separación hasta ahora irreversible entre las dos formas más conspicuas cómo el hombre hizo del cosmos un asunto del pensamiento, me refiero a la filosofía y la ciencia (moderna).

En sus orígenes la ciencia y la filosofía constituían una unidad difícil de precisar cuáles eran sus límites y alcances. En realidad, desde la antigua Grecia y hasta el final del Renacimiento, la Filosofía abarcaba todo el saber y todo el contenido de lo que hoy llamamos ciencia.

La filosofía se inquietaba por pensar el ser de las cosas y el de la propia totalidad, a la que los antiguos filósofos jonios llamaron, physis. Dicha physis se presentaba al ser humano es su inaudita complejidad, belleza y armonía. Como si un orden describiese el decurso de las cosas. Un orden que lo sentidos no atinaban a dar cuenta, por el contrario, la negaban, pues frente a la percepción sensible el cosmos, ese mundo ordenado, se mostraba terriblemente confuso, caótico, un mar embravecido movido por impulsos súbitos, descontrolados y desarmónicos. Si Pitágoras pensaba que el movimiento del Cosmos, desplegaba una música suprema para el oído cultivado en la racionalidad matemática, en cambio, para el investigador apegado a los sentidos, sólo habría un oír desagradable, la cacofonía como resultado de ese movimiento aparentemente errático de las cosas naturales. Desde entonces la experiencia se fue relegando como eficaz forma de conocer las cosas, su desconfianza aumento con su proclividad a la confusión y al error. La esencia de las cosas, el arché de los filósofos presocráticos, no era accesible a la experiencia. Como tampoco lo era el por qué, la razón o causa explicativa que subyace a los hechos observados.

La filosofía nació con la pretensión desmesurada de conocer el orden, la necesidad, la armonía de la totalidad de cosas.

Por su parte, la ciencia que surgió entre los S. XVI y S. XVII de nuestra era, se alejó de la filosofía, en el abordaje que ella hacía de las cosas de la mano de la razón pero de espaldas a la experiencia. Por ejemplo, las ciencias naturales, las primeras de las ciencias modernas en desarrollarse con mayor éxito, basaron su pretensión de construir un sistema de conocimientos rigurosos y verificados, a apelando a la experiencia, o más precisamente, a la observación directa. Y en ese paso, la filosofía era una mala acompañante de la ciencia, ésta acabó reduciendo a la filosofía en colaboradora del proceder metodológico de la ciencia. A la filosofía, otra vez, se la pretendió encasillar como “sierva”, pero esta vez no de la religión, como en la Edad Media, sino de la vigorosa y naciente ciencia moderna, moderna por el método de investigación que se empezó aplicar con inusitado éxito.

De ahí que las dos principales corrientes filosóficas sobre el conocimiento, desde los inicios de la Modernidad, se enfrentaron en apasionado debate: el racionalismo, que se fundó en los aspectos lógico-racionales del conocimiento, y el empirismo, que afirmó la validez indiscutible de la experiencia con respecto a la producción del conocimiento científico. La virtud del racionalismo es su capacidad de interpretar los fenómenos en una visión de conjunto que da paso al enunciado de una teoría. Lo universal resaltaba por encima de lo particular, del caso concreto. El empirismo, en cambio, aseguraba un análisis mayor, aplicando la observación, la experimentación, la fidelidad a los hechos observados, ganando una mayor comprensión del caso concreto, aunque una menor extensión en el estudio de dicha realidad.

En la historia de la filosofía occidental el emirismo estuvo defendido ejemplarme por el pensador escocés David Hume. En cambio, el racionalismo tuvo en Descartes a su tenaz difusor. El intento de reconciliar estos dos opuestos, empirismo y racionalismo, representó el esforzado intento de la filosofía kantiana, con su propuesta denominada, el criticismo.

En cualquier caso, el papel de la filosofía se debatió entre acompañar a la ciencia, como la que ayuda a reflexionar, razonar, sobre el quehacer científico, una vez que ésta ya obtuvo sus hallazgos mediante la observación;  o como la que guía, más bien, a los hombres de ciencia, con su lógica y racionalidad, solo confirmada o corroborada por los hechos, en un momento posterior.


Catedrático: CARLOS CASTILLO RAFAEL


Por: CARLOS CASTILLO RAFAEL

lunes, 7 de noviembre de 2011

LOS SOFISTAS Y EL LENGUAJE DE LOS MEDIOS

TÍTULO :   LOS SOFISTAS Y EL LENGUAJE DE LOS MEDIOS

AUTOR  :  CARLOS CASTILLO RAFAEL



El que tiene el poder de la palabra tiene el poder de dominar a los demás. Hitler se valió de la potencia de su retórica con buenos resultados para sus fines maquiavélicos. Algunos de nuestros políticos, sin ser epígonos del jerarca nazi, confían más en la capacidad de seducción de su discurso, antes que en la verdad del mismo, para asegurar el éxito de su prédica populista.

Buena parte de los actores políticos explotan abiertamente los beneficios generados por el empleo de la retórica o la simple perorata demagógica. Pero ellos no son los únicos. El poder de la palabra es usufructuado también por otros actores sociales, con no menor éxito. Un éxito asolapado.

Se trata de aquellos dueños o propietarios de las tribunas y espacios desde donde se manipula, con frecuencia, la conciencia de la opinión pública. Son los invisibles jerarcas que, tras la sonrisa fácil y el rostro amable de algún periodista anodino, dejan sentir esa voz forjadora de auténticas corrientes de opinión.

VIEJOS Y NUEVOS SOFISTAS


En su memorable “Elogio a Helena” el sofista Gorgias (S.IV a.C.) sostenía que la palabra es “un poderoso soberano que, con un cuerpo pequeñísimo y completamente invisible, lleva a cabo obras sumamente divinas”.

El manejo estratégico de la palabra turba el juicio del oyente con medias verdades. Lo hace adicto a la forma del mensaje  más que a su contenido. El uso sofístico del lenguaje, a través de la retórica o de los medios de comunicación, es capaz de acabar con el miedo, desterrar la aflicción, producir la alegría o intensificar la pasión. Los artesanos de esta palabra impactante, llámense sofistas o periodistas sin alma, tienen el poder de cambiar las opiniones de la gente, como quien cambia de canal cuando padece el espectáculo de la televisión.

La diferencia sólo consiste en que los sofistas de la antigua Grecia confiaban, para su manejo de la opinión pública, en el arte de persuadir y convencer posibilitado por la perfección del discurso. Aquí la verdad quedaba sepultada bajo la bella forma del mensaje. Belleza que sólo encubría la inconsistencia de lo expresado.

En cambio, los neo sofistas contemporáneos ya no se sirven de la técnica de la retórica para sus fines mefistofélicos. Ese poder persuasivo es reemplazado por uno más burdo como es la mera posesión y disposición de los medios de comunicación de masas. Se trata del poder para manejar abusiva e irresponsablemente los medios en los cuales circula el lenguaje que alimenta la opinión de todos nosotros. Una opinión, sin duda, malformada por algunos de estos medios que en lugar de educar envilecen la conciencia del oyente, lector o televidente.

Ha cambiado, pues,  la estrategia de manipulación pero no el deseo de dominar al pueblo. Un pueblo al que ya no se le puede calificar de informado por los medios, sino, de (mal)formado según los oscuros intereses de éstos. Hemos pasado de la cultura mediática, basada en el lenguaje de los medios, a una cultura de dominación de los medios sobre el lenguaje público. Los medios de comunicación se especializan, libre de todo escrúpulo, en monopolizar la verdad, lo correcto y lo justo. O lo que debiera entenderse por ellos: una ridícula caricatura.

LA AGONÍA DE LA PRENSA
Los diversos medios de comunicación tienen lo que se llama una línea periodística. Esta rara vez se identifica con una apreciación solvente, objetiva e imparcial de los hechos sociales que forman parte del juego de la política. Más de las veces, la línea periodística es otra postura política o, lo que es peor, una estrategia al servicio del poder y el lucro, disfrazada tras estereotipos de prensa libre o defensora de una verdad que agoniza.

En efecto, la verdad pùblica agoniza en la prensa genuflexa ante el poder de turno. La opinión pública escasamente percibe èsta agonía detrás de los canales de televisión, de los periódicos o de la radio. Más aun, se diría que el propio pueblo es un cómplice involuntario de esta muerte de la verdad y la moral pública, tal como ocurrió con el pueblo de Atenas frente a la injusta muerte de Sócrates. ¿No es el pueblo que, seducido por el lenguaje de los medios, defiende a sus propios enemigos, que son estos mismos medios?

La sociedad civil debe ser capaz de defenderse frente a éste poder deshonesto e intocable en el que se ha convertido cierta parte dela prensa, escrita, radial o televisiva. Ella mata a la virtud de la verdad, sobre los asuntos públicos, cuando predica la objetividad luego de haber hecho de esa virtud una mercancía más ofertada al mejor postor. Cuando deja de ser independiente, heredera únicamente de los valores ciudadanos, para convertirse en el bufón del poder político y/o económico. Y cuando toma el nombre del pueblo para encubrir su anónima enfermedad espiritual: la ambición de poder sin freno.

jueves, 27 de octubre de 2011

FLORA TRISTAN Y LAS TRAMPAS DEL AMOR

FLORA TRISTAN Y LAS TRAMPAS DEL AMOR
 Por: CARLOS CASTILLO RAFAEL (Filósofo y Profesor Universitario)


Una de las peores consecuencias de la discriminación de género es que penaliza la actitud reivindicatoria. Distrae y disuade la reflexión crítica capaz de contrarrestar al discurso oficial de opresión. Por otro lado, y tras un largo proceso de formación y disciplinamiento, las mujeres aprendieron no hacer público “sus dolores y sus necesidades” (*). Su condición de género discriminado quedó invisibilizado. Reducido y banalizado a un problema casero de pareja, que no ameritaba la atención o intromisión de la sociedad y, mucho menos, la del propio Estado.  La manera de valorar la indisolubilidad del matrimonio, era una prueba de ello.

Con relación a las mujeres el matrimonio, según Flora Tristán, era la puerta de entrada para su estado de servidumbre. Para el varón, en cambio, era el acceso a su dominio práctico y diario sobre el otro sexo. El amor se reducía a una trampa. La sutil estrategia de dominación, socialmente admitida, de un género por otro.

La mujer al entregarse sexualmente al varón en aras del amor que le profesa, inauguraba una relación de dominación que recreaba una vida doméstica anodina, coronada con el cumplimiento y exaltación de la función reproductora del ama de casa. El matrimonio consagraba ese sentimiento y, a la vez, legitimaba la opresión masculina desencadenada por el acto de amor. La crítica de Flora se dirige, entonces, contra la impunidad y la sacralidad de esa institución. Frente a ella reivindica la posibilidad del divorcio.

No obstante, Flora sabía muy bien que el matrimonio no era sino el síntoma, el mal era la forma conservadora, represora y sexista en que se entendía el amor. “Las necesidades de la vida ocupan por igual a uno y otro sexo. Pero el amor no los afecta a cambios en el mismo grado. En la infancia de las sociedades el cuidado de su defensa absorbe la atención del hombre. En una época más avanzada de la civilización, el de hacer fortuna. Pero en todas las fases sociales el amor es para la mujer la pasión central de todos sus pensamientos”.

La cultura había aleccionado de generación tras generación que la mujer debía entregarse íntegramente al hombre convertido en su marido. Una entrega sumisa de la que en ningún momento, por ninguna circunstancia, ella podía renunciar ya que, en nombre del amor, había aceptado vincularse (o encadenarse) a quien tomaría en adelante el control de su vida. Por ejemplo, tenía el monopolio sexual de su consorte.

No obstante, la relación matrimonial en la que culminaba (real o aparentemente) el lazo sentimental, que unía a un varón con una mujer, representaba sólo la consecuencia visible de la subordinación de uno de los géneros. La causa oculta y decisiva era la forma como se la manipulaba a la mujer hablándole (con) del amor, precisamente lo contrario de lo que significaba esa subordinación. Flora lo afirma con contundencia “Esta sociedad organizada para el dolor, en la cual el amor es un instrumento de tortura, no tenía par mí ningún atractivo. Sus placeres no me daban ninguna ilusión, veía el vacío y la realidad de la ventura que a ella se había sacrificado”.

Cuando el amor frustra y el sexo encadena

La fuerte influencia y formación de la cultura y la sociedad le dio un nombre a la debilidad de la mujer. Su debilidad es amar como lo hace. Por su naturaleza este amor es un acontecimiento íntimo, privado, sólo conocido por la pareja. Más si la pareja se aprovecha  de esa pasión, acrecentándola para hacer más dependiente de si a la mujer, el ámbito privado se convierte en la jaula de hierro de la cual la mujer no puede escapar a pesar que ella misma contribuyó a construirla. A ello se agrega que la sociedad, con sus costumbres y creencias conservadoras, prescribe la pertinencia y la obligación de ese encierro. Por otra parte, el carácter privado de esta reclusión en la que se desdibuja el matrimonio, lo vuelve desconocido y difícil de ser condenado por la opinión pública.

Flora vivió en carne propia este padecimiento del amor. Cuenta que “mi madre me obligó a casarme con un hombre a quien no podía amar ni estimar”. Ella logró separarse a los veinte años de esa relación-prisión. Separación que le causo un sin número de penalidades por haber subvertido las reglas morales establecidas por el hombre y por Dios.

Desde entonces en el Perú, aunque no solamente en él, la pregunta formulada por Liuba Kogan es incomoda y oportuna ¿Porqué el amor frustra y el sexo encadena?. En el Perú del siglo XIX, y me temo que aun todavía, el amor romántico, alentado desde el pulpito  y convenido por las reglas sociales, era fuente de profunda desigualdad. Un amor definido en términos heterosexuales, que no supone necesariamente la igualdad de los amantes, donde no hay equilibrio de poder y en lugar de co-dependencia hay, más bien, una dependencia más que sexual (sentimental, económica, social, incluso, moral y religiosa) de la mujer respecto al varón.

El amor romántico toma su distancia del sexo. Este para ser moralmente sano debe ser conquistado por el matrimonio. Si el amor se consagra con el matrimonio, el sexo se sublima con el contrato civil y, sobretodo,  el oficio religioso, dejando de ser puro instinto. En realidad, el matrimonio  es el espacio donde se cría la doble moral de cualquier sociedad conservadora: Por un lado, el casto amor que vincula a dos personas de distinto sexo para disfrutar de el, por otro lado, la atracción sexual que consuma el lazo marital y asegura la dependencia de un género sobre otro.

Desde este punto de vista, para las mujeres como Flora el amor es una trampa y toda reflexión que no parta de este supuesto, lo avala.     


(*) Todas las citas fueron tomadas de Peregrinaciones de una Paria. Lima, Ed. Cultura Antártica, 1946.

miércoles, 19 de octubre de 2011

EPISTEMOLOGÍA. SUMARIO DE LA TERCERA CLASE

EPISTEMOLOGÍA

Sumario de la Tercera Clase

¿Qué es lo que se conoce y cómo se conoce en la Grecia del siglo VI a. C.? Responder a estas cuestiones facilitará la comprensión de la episteme antigua.

El conocimiento de la totalidad de las cosas es la episteme. Pero los griegos hablaban también de un cierto tipo de conocimiento primordial al que denominaban sophia, sabiduría ¿De qué naturaleza era tal saber y qué agrega al término episteme? La palabra sophia aparece relacionada al término filia, amor, dentro del vocablo filosofía, traducido usualmente por “amor a la sabiduría”. De suerte que para saber qué clase de conocimiento es la sabiduría hay que reconocer, primero, de que índole es el amor que la impulsa hacia ella y la acapara.

Con la palabra filia los griegos evocaban el amor en el sentido de preocupación por algo o por alguien. El ejemplo notable al respecto es el amor del amigo, quien se preocupa por el otro, quien ama a otro sin esperar ser correspondido. En ese sentido, el filo-sopho sería el que ama o se preocupa por el saber, y ello lo hace sin desear retribución alguna, en realidad, lo hace por puro amor al conocimiento. Sin embargo, tal preocupación  revela una ausencia que invita a echar de menos, preocuparse, por otro o por algo. Dicha ausencia que se hace notoria, patente, cuando se ama, y cuando más ama, es un signo distintivo del amor. Los griegos llamaban al dios del amor eros. Según el mito de Diotima contado por Sócrates, eros, se concibió el día en que cumplía años Afrodita, la diosa de la belleza. Sus padres, Penia (la diosa de la carencia y pobreza) y Poros (el dios de la abundancia y la plenitud), le heredaron los rasgos que ella invariablemente presenta: el amor es a la vez ausencia y plenitud, carencia y abundancia. En suma, el amor es el deseo de lo que uno carece, el deseo de aquello que uno no tiene, de lo que le falta.

En el caso del filo-sopho, ama aquello de lo cual carece, sabiduría. Pero el saber de su carencia lo libra de ella, de ser un craso ignorante. El filósofo es el amante del saber porque se preocupa por el, en la medida en que cae en la cuenta que no tiene sabiduría. Y su amor es más radical cuanto más  evidente se hace su carencia, pues estará estimulado irrefrenablemente  a renunciar a esa carencia, a escapar de esa falta de saber.  El filósofo ama porque no tiene conocimiento, esa es su carencia, pero en tanto  echa de menos de lo que carece, se preocupa por el, o sea, sabe de su carencia y se libra de ella, esa es su plenitud. El filósofo está en tránsito entre la ignorancia y la sabiduría, es un llegar a ser sabio desde una ignorancia reconocida constantemente. Por eso es que los ignorantes ni los dioses aman el conocimiento, los primeros por que no conocen  ni se dan cuenta de su estado de ignorancia de manera que persisten en ella; los segundos, no aman el saber porque ya son sophos, sabios. El filósofo, como Sócrates, sólo sabe de su ignorancia y de la manera desesperada de escapar de ella. Sólo sabe (eso lo diferencia del ignorante) que no sabe (eso lo diferencia del sabio).

Tal es la naturaleza del amor de quien filosofa. Un amor a lo bello, no terrenal, sino urania, por tratarse de algo espiritual que no sucumbirá al paso del tiempo, con el devenir de las cosas: la sabiduría. Pero ¿de qué clase es este conocimiento? Si episteme era conocimiento de todo lo que es (physis), sabiduría es el conocimiento de la physis que se accede a través del conocimiento de su principio, el arché. La palabra arché significa principio en cuatro sentidos: el principio explicativo de todas las cosas; el principio que origina y fundamenta todas las cosas, el principio que gobierna o regula todas las cosas, dándoles orden (cosmos); el principio de lo que están hechas (la sustancia o materia de) todas las cosas. Los griegos pensaron que la única forma de conocer la physis era conociendo su arché. Desestimaron conocerla a través de sus partes (como lo hace ahora la ciencia moderna), pues tales partes son infinitesimales, lo que desalentaba la tarea de conocerlas. En cambio, conociendo  la esencia de la totalidad de las cosas, de lo que deviene, de lo que es, era posible acceder a la verdad de esa totalidad.

Y ¿Cuál es el arché de la physis, el principio de todo lo que es? A este respecto los filósofos presocráticos darán muchas respuestas, todas ellas sugerentes: Para Tales tal principio será el agua; para Heráclito, el fuego; para Anaxímenes, el aire; para Demócrito, el átomo; para Pitágoras, el número; etc. Pero la respuesta  más reveladora fue dada por Parménides quien reconoció que el arché de la physis es aquello que hace posible todas nuestras preguntas sobre qué es algo (o ti) o porqué es lo que es (dioti); siendo también lo que hace posible todas nuestras respuestas cuando definimos algo o indicamos su causa, su razón de ser. Dicho arché es el ser. Todo es, incluso la nada, nada es. El ser es lo más universal y lo más auténtico de lo que algo es. Pensar en el ser es de lo que trata la metafísica. De manera que el conocimiento metafísico en torno al ser es la sabiduría. Saber por la cual indaga el filósofo cuando se pregunta por el arché de la physis.

Y esta sabiduría es sabrosa porque es un conocimiento que procura ante todo la felicidad. Para los griegos conocer la physis, o la totalidad de las cosas ordenas por su principio, esto es, el cosmos, era indispensable para alcanzar la felicidad. Ya que sólo sabiendo lo que el mundo ordenado es, se podría atisbar cuál es el papel del ser humano en este mundo, cuál es su lugar en el cosmos. Y al saber esto se podría vivir conforme es debido, no en  función de una moral convencional, sino en relación armónica y estrecha con el decurso de todas las cosas, conforme a la naturaleza de la cual el ser humano es parte inseparable. Y viviendo conforme al cosmos se podría ser feliz. El sabio, en suma, conoce todas las cosas, porque conoce su principio, su causa. Y ese conocimiento le procura paz y felicidad porque vive conforme ese conocimiento.

El filósofo ama esa felicidad cuando ese ama conocimiento, sabiduría, al que se encamina desde el fondo de su ignorancia.



Catedrático: CARLOS CASTILLO RAFAEL

EPISTEMOLOGÍA. SUMARIO DE LA PRIMERA CLASE

EPISTEMOLOGÍA

Sumario de la Primera Clase

¿En qué se piensa cuando se habla de epistemología? El nombre de nuestro curso está conformado por dos términos griegos, vocablos decisivos a lo largo de la historia de la filosofía:
-Episteme, cuya traducción parcial sería conocimiento, pero siendo más rigurosos diríamos que se trata de un conocimiento de una cierta índole, que invita a seguir conociendo, que abre nuevas perspectivas para seguir conociendo, que genera una apetencia, una adicción por conocer. Se trata de un saber con pretensiones de verdad y universalidad (de ahí que también se traduzca como ciencia), pero sobretodo es un saber que deleita a quien lo posee, en suma, un conocimiento sabroso.
- Logos,  que suele traducirse por tratado, pero cuyo significado auténtico es la razón de ser de algo, el principio explicativo de la realidad  y, por ende, el acceso racional para la comprensión  de la realidad. Es la manera de conocerla apelando a la razón.

Los griegos en el mundo antiguo van ser los que lleven esta sed de conocimiento racional a su máxima expresión. Otros pueblos, (Caldeos, egipcios, babilónicos, indios, etc.), elaborarán pensamientos sofisticados, pero mezclados de creencias propias de la magia y la religión. Logos y episteme indican una investigación del conocimiento que no da nada por supuesto hasta que no sea confrontado con la razón. Y, a la vez, sugiere la tarea permanente por conocer, por escapar del pozo de la ignorancia en la que usualmente nos encontramos sin advertirlo, como en el caso de la sirvienta tracia que se burla de Tales por preocuparse más en investigar la verdad que cuidar de los asuntos prácticos y cotidianos.

En otras palabras, EPISTEMOLOGÍA, en principio, y evocando su etimología, significa la investigación racional del conocimiento, la investigación de nuestra manera de conocer. A veces, también, cuando es una explicación acabada sobre todo lo relacionado con el conocimiento indica una “teoría del conocimiento”.

En realidad, la palabra epistemología reaparece en el mundo moderno. Antes de esa época, se hablaba de gnoseología (de gnosis, conocimiento, y logos, razón) en el sentido de una investigación del conocimiento. El problema es que el término gnoseología era empleado por tendencias filosóficas de orientación escolástica, y, por tanto, no representaba una investigación del conocimiento en general, sino cierta investigación del conocimiento desde una perspectiva y sobre la base de determinados presupuestos de una filosofía en particular.

En cambio, la palabra epistemología pretende ser una investigación del conocimiento lo menos tendenciosa posible, evitando aceptar algún presupuesto previo de cualquier filosofía, tratando más bien de dar cuenta racional de esos presupuestos, reflexionando sobre ellos y explicando su lugar en la manera de conocer. Razón por la cual en el contexto moderno la epistemología es relacionada con una teoría del conocimiento científico. Aludiendo con el apelativo de científico un conocimiento verdadero. En todo caso, ese apelativo revela aquella herencia del mundo antiguo por la posesión de un conocimiento sabroso.

De manera que para acceder a la comprensión auténtica de la palabra epistemología, para dar con sus alcances y perspectivas, es conveniente reflexionar sobre la génesis de los dos términos griegos que la mientan: episteme y logos. Y ello hay que hacerlo en el contexto histórico en el que aparecieron esos términos: la filosofía griega del siglo VI A de C.

Catedrático: CARLOS CASTILLO RAFAEL